Francisco ante los científicos: “El Papa Benedicto es grande por su inteligencia, teología y amor”

benedetto xvi toglie zucchetto dinanzi a papa Francesco

Discurso del santo Padre Francisco en ocasión de la inauguración de un busto de bronce en honor del Papa emérito Benedicto XVI, en la Pontificia Academia de las Ciencias

A las 9.30 de la mañana, en los Jardines Vaticanos, junto a la Casina Pio IV, sede de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales, el santo Padre Francisco ha inaugurado un busto de bronce en honor al Papa emérito Benedicto XVI.

Discurso que el Papa ha dirigido a los presentes en la ceremonia de inauguración

Señores Cardenales,

queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,

ilustres señores y señoras:

Mientras caía el velo del busto, que los académicos han querido en la sede de la Pontificia Academia de las Ciencias, en señal de reconocimiento y gratitud, una gozosa emoción ha brotado en mi alma. Ese busto de Benedicto XVI recuerda a los ojos de todos la persona y el rostro del querido Papa Ratzinger. Recuerda también su espíritu: el de sus enseñanzas, sus ejemplos, sus obras, su devoción por la Iglesia, su actual vida “monástica”. Este espíritu, en vez de agrietarse con el paso del tiempo, se hará de generación en generación más grande y potente. Benedicto XVI, un gran Papa. Grande por fuerza y penetración de su inteligencia, grande por su contribución a la teología, grande por su amor en relación a la Iglesia y a los seres humanos, grande por su virtud y su religiosidad.

Como sabéis bien, su amor por la verdad no se limita a la teología y la filosofía, sino que se abre a las demás ciencias. Su amor por la ciencia se plasma en la preocupación por los científicos, sin distinción de raza, nacionalidad, civilización o religión: y preocupación y cuidado de la Academia, desde cuando san Juan Pablo II lo nombró miembro.  Él ha sabido honrar a la Academia con su presencia y su palabra, y ha nombrado a muchos de sus miembros, incluido el actual presidente Werner Arber.

Benedicto XVI invitó, por primera vez, a un presidente de esta Academia a participar en el Sínodo sobre la Nueva Evangelización, consciente de la importancia de la ciencia en la cultura moderna. De ninguna manera se podrá decir de él que el estudio y la ciencia han marchitado su persona y su amor hacia Dios y el prójimo, sino al contrario: la ciencia, la sabiduría y la oración han dilatado su corazón y su espíritu. Damos gracias a Dios por el don que ha hecho a la Iglesia y al mundo con la existencia y el pontificado de Papa Benedicto.

Agradezco de todo corazón a todos aquellos que, generosamente, han hecho posible esta obra y este acto, de modo particular al autor del busto, el escultor Fernando Delia, la familia Tua, y todos los académicos. Deseo agradecer a todos vuestra presencia para honrar a este gran Papa.

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En la conclusión de vuestra sesión plenaria, queridos académicos, soy feliz de poder expresar mi profunda estima y mi caluroso ánimo para que sigáis haciendo avanzar el progreso científico y la mejora de las condiciones de vida de la gente, especialmente de los más pobres.

Estás afrontando el tema altamente complejo de la evolución del concepto de naturaleza. No puedo entrar, lo comprendéis bien, en la complejidad científica de esta cuestión decisiva e importante. Me gustaría solamente subrayar que Dios y Cristo caminan con nosotros y están presentes también en la naturaleza, como afirmó san Pablo en el discurso al Aerópago: «En Dios vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). Cuando leemos en el Génesis el relato de la Creación, corremos el riesgo de imaginar que Dios ha sido un mago, que con una varita mágica iba haciendo todas las cosas. Pero no fue así. Él ha creado los seres y los ha dejado desarrollar según las leyes internas que Él ha puesto en cada uno, para que se desarrollasen y para que llegasen a la propia plenitud. Él ha dado autonomía a los seres del universo, y al mismo tiempo ha asegurado su presencia continua, dando el ser a cada realidad. Y así la creación ha ido avanzando por siglos y siglos, milenio tras milenio, hasta que se ha convertido en lo que conocemos hoy, precisamente porque Dios no es un demiurgo o un mago, sino el Creador que da el ser a todos los entes. El inicio del mundo no es obra del caos, y debe a otro su origen, sino que deriva directamente de un Principio supremo que crea por amor. El Big Bang que hoy se sitúa en el origen del mundo no contradice la intervención creadora divina, sino que la exige. La evolución de la naturaleza no contrasta con la noción de creación, porque la evolución presupone la creación de los seres que se desarrollan.

En relación al hombre, por el contrario, hay un cambio y una novedad. Cuando, en el sexto día del relato del Génesis llega la creación del hombre, Dios da al ser humano otra autonomía distinta de aquella que otorga a la naturaleza, que es la libertad. Y dice al hombre que ponga nombre a todas las cosas y que avance en el curso de la historia. Lo hace responsable de la creación, también para que domine la Creación, para que lo desarrolle, hasta el fin de los tiempos. Por tanto, al científico, y sobre todo al científico cristiano, corresponde la actitud de interrogarse acerca del porvenir de la humanidad y de la tierra, y, como ser libre y responsable, de tratar de prepararlo, preservarlo y eliminar los riesgos del ambiente tanto natural como humano. Pero al mismo tiempo, el hombre de ciencia debe estar movido por la confianza de que la naturaleza esconde, en sus mecanismos evolutivos, potencialidades que deben ser descubiertas y puestas en práctica por la inteligencia y la libertad, para llegar al desarrollo que está en el diseño del Creador. Por eso, y a pesar de su limitación, la acción del hombre participa de la potencia de Dios y es capaz de construir un mundo de acuerdo con su doble vida espiritual y corpórea; construir un mundo humano para todos los seres humanos, y no para un grupo o clase de privilegiados.

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Esta esperanza y confianza en Dios, Autor de la naturaleza, y en las capacidades del espíritu humano, son capaces de dar al investigador una energía nueva y una serenidad profunda. Pero es también cierto que la acción del hombre, cuando su libertad se convierte en autonomía -que no es libertad, sino autonomía- destruye la Creación y el hombre ocupa el lugar del Creador. Y este es el grave pecado contra Dios creador.

Os animo a proseguir vuestros trabajos y a realizar las afortunadas iniciativas teóricas y prácticas a favor de los seres humanos que os honran. Entrego ahora con alegría el collar que mons. Sánchez Sorondo dará a los nuevos miembros. Gracias.

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